MIRADOR DEL PUENTE DE MOURULLE
Un paisaje sobre el Miño donde la belleza del agua se encuentra con la memoria de dos orillas.











A pocos minutos de Casa Miña Rula, el Miradoiro del Puente de Mourulle ofrece una de las panorámicas más singulares y evocadoras de esta zona de la Ribeira Sacra, en el encuentro natural entre los concellos de Taboada y O Saviñao. Desde este balcón natural, la mirada se abre sobre el embalse de Belesar y el curso del río Miño, en una escena de gran serenidad donde el agua, el monte y la huella de los antiguos bancales de viñedo componen un paisaje profundamente ligado a la identidad del territorio. Muy cerca se encuentra además el club náutico de Ponte Mourulle, que refuerza el encanto de este entorno vinculado al agua, al ocio y a las actividades al aire libre.
Es un lugar para detenerse sin prisa y contemplar no solo la belleza del paisaje, sino también todo lo que ese paisaje encierra. Aquí, la Ribeira Sacra se muestra como un espacio modelado por la naturaleza, pero también por la historia, por el trabajo humano y por las transformaciones que marcaron la vida de sus habitantes a lo largo del siglo XX. El mirador permite así disfrutar de una vista amplia y hermosa, pero también de una lectura más profunda del territorio: la del río como vínculo, frontera, camino y memoria.
COMUNICACIONES ENTRE LAS DOS ORILLAS DEL MIÑO
La Ribeira Sacra es mucho más que un paisaje. Es una región articulada en torno a los ríos Miño y Sil, y durante siglos sus orillas mantuvieron intensas relaciones humanas, sociales y económicas. Sin embargo, el río no solo unía: también separaba. Durante mucho tiempo, el paso entre una y otra margen dependió de barcas, pasos fluviales y pequeñas embarcaciones que permitían la circulación de personas, ganado y mercancías. Con el avance del siglo XX, el crecimiento demográfico y la llegada del automóvil hicieron cada vez más necesaria la construcción de infraestructuras permanentes que facilitasen la comunicación entre ambos lados del Miño.
Esa relación entre ambas orillas dejó también una huella en el habla popular. La tradición de la Ribeira Sacra recuerda los apelativos festivos con los que se llamaban unos a otros desde la ribera: desde las tierras de Chantada, Taboada y Carballedo se gritaba “rabudos”, mientras que desde Pantón y O Saviñao respondían con “papeiros”. Más que una división, esos nombres expresaban una forma popular y simbólica de reconocerse a un lado y otro del río, como si el Miño hubiese sido al mismo tiempo frontera y lugar de encuentro.
EL PUENTE VIEJO Y LA MEMORIA SUMERGIDA
En ese contexto nació el primer puente de Mourulle, también conocido como Ponte de Mourulle o Ponte de O Fortes, en referencia al impulsor local de la obra. Aquella primera infraestructura fue construida entre 1942 y 1945 y estuvo ligada a uno de los episodios más duros de la posguerra española: su ejecución se realizó en el marco de una estructura punitiva instalada en Friamonde, donde presos republicanos fueron utilizados como mano de obra forzada. Así, el viejo puente no solo sirvió para unir ambas orillas del Miño, sino que quedó también como reflejo material de una época marcada por la represión, la explotación y el silencio.
La antigua parroquia de San Vicente de Mourulle, perteneciente al municipio de Taboada, desapareció después bajo las aguas con la creación del embalse de Belesar. El primer puente tuvo, por ello, una vida relativamente breve: el embalse, inaugurado en 1963, terminó anegando el valle y dejando sumergidos la aldea, la carretera y la propia estructura. Décadas más tarde, el gran descenso del nivel del agua entre 2010 y 2011 permitió volver a contemplar durante un tiempo los restos de aquel paisaje desaparecido, devolviendo fugazmente a la vista la memoria de la vieja Mourulle.
EL PUENTE NUEVO Y LA ELEGANCIA DE LA INGENIERÍA
La desaparición del puente antiguo hizo necesario levantar un nuevo paso sobre el Miño. Así nació el actual Puente Nuevo de Mourulle, inaugurado en 1969, una estructura metálica que con el tiempo se convertiría en una de las imágenes más reconocibles de este tramo del río. Con sus 270 metros de longitud y 8,26 metros de anchura, recibió además un sobrenombre que aún hoy forma parte de la memoria popular de la comarca: “el puente de los tornillos” o “ponte dos parafusos”, debido a su técnica constructiva y a su estética inconfundible.
El puente fue proyectado por el ingeniero José Antonio Torroja Cavanillas, una figura destacada de la ingeniería española. Como curiosidad, su historia familiar enlaza este paisaje con un nombre muy conocido de la música española: el título de marqués de Torroja fue creado en 1961 a favor de su padre, el también ingeniero Eduardo Torroja y Miret, y en 2022 la sucesión recayó en su hija, Ana Torroja Fungairiño, vocalista de Mecano, que pasó a ostentar el título de marquesa de Torroja tras el fallecimiento de su padre. Esa anécdota añade un matiz inesperado a la historia del lugar, donde la memoria de la ingeniería, la tradición familiar y la cultura popular se cruzan sobre el paisaje del Miño.
Hoy, contemplar este puente desde el Miradoiro del Puente de Mourulle es mucho más que disfrutar de una buena vista. Es asomarse a un paisaje donde confluyen la serenidad del agua, la belleza de la Ribeira Sacra, la necesidad de comunicar dos orillas y la memoria de quienes habitaron, trabajaron y transformaron este territorio. Durante una estancia en Casa Miña Rula, acercarse hasta aquí es una forma privilegiada de descubrir un rincón en el que paisaje, patrimonio e historia dialogan en una sola mirada.



